Queridos lectores, paz y bien.
En este tiempo de espera y preparación que es el Adviento, cuánto necesitamos escuchar y cumplir la Palabra de Dios, que hoy tiene rasgos de promesa en los labios de Juan el Bautista: «el que viene detrás de mi os bautizará en Espíritu Santo y fuego». Bautizarse, que significa sumergirse en la unción del Espíritu y en su amor que recrea y transforma. Bautizarse, que significa retomar la identidad y misión que se erosionan por el peso de la existencia, y se opacan por el polvo del camino.
Me ha impresionado la carta que el Papa León XIV dirige a un seminario de Sudamérica y los consejos que da a los seminaristas. Yo lo aplico a mi vida, y pienso en nuestro seminarista, en los jóvenes que se plantean seguir al Señor con radicalidad, en nuestro presbiterio, y también en todos los que formamos parte del pueblo santo de Dios.
Dice el Papa: «Cuando se lo piensa en claves mundanas, el ministerio se confunde con un derecho personal, un cargo distribuible; se transforma en mera prerrogativa o en función burocrática. En realidad, nace de la elección del Señor (cf. Mc 3,13), que con especial predilección llama a algunos varones para hacerlos partícipes de su ministerio salvífico, a fin de que reproduzcan en sí su propia imagen y den un constante testimonio de fidelidad y de amor».
Para seminaristas, y aprendices de cristianos: «El corazón del seminarista se forma en el trato personal con Jesús. La oración no es un ejercicio accesorio, en ella se aprende a reconocer su voz y a dejarse conducir por Él. Quien no ora, no conoce al Maestro; y quien no lo conoce, no puede amarlo de verdad ni configurarse con Él. El tiempo dedicado a la oración es la inversión más fecunda de la vida, porque allí el Señor moldea los sentimientos, purifica los deseos y fortalece la vocación. ¡No puede hablar de Dios el que poco habla con Dios! Cristo se deja encontrar de un modo privilegiado en la Sagrada Escritura. Es preciso acercarse a ella con reverencia, con espíritu de fe, buscando al Amigo que se revela en sus páginas».
Para quienes estamos en formación permanente: «el estudio es camino indispensable para que la fe se haga sólida, razonada y capaz de iluminar a los demás. Quien se forma para ser sacerdote no dedica tiempo a lo académico por mera erudición, sino por fidelidad a su vocación. El trabajo intelectual, especialmente el teológico, es una forma de amor y de servicio, necesario para la misión, siempre en plena comunión con el Magisterio. Sin estudio serio no hay verdadera pastoral, porque el ministerio consiste en conducir a los hombres a que conozcan y amen a Cristo y, en Él, encuentren la salvación» (Pío XI).
Para los que oramos: «La oración y la búsqueda de la verdad no son caminos paralelos, sino un único sendero que lleva al Maestro. Una piedad sin doctrina se vuelve sentimentalismo frágil; una doctrina sin oración se vuelve estéril y fría. Cultiven ambas con equilibrio y pasión, sabiendo que sólo así podrán anunciar auténticamente lo que viven y vivir con coherencia lo que anuncian. Cuando la inteligencia se abre a la verdad revelada y el corazón se enciende en la oración, la formación se vuelve fecunda y prepara para un sacerdocio (ordenado, y también para el bautismal), sólido y luminoso».
Para los que vamos siendo iniciados al Misterio de Dios: «Ustedes, candidatos al sacerdocio (y a todo ministerio también), están llamados a huir de la mediocridad, en medio de peligros muy concretos: la mundanidad que disuelve la visión sobrenatural de la realidad, el activismo que agota, la dispersión digital que roba interioridad, las ideologías que desvían del Evangelio y, no menos grave, la soledad de quien pretende vivir sin el presbiterio y sin su obispo. Un sacerdote aislado es vulnerable. La fraternidad y comunión sacerdotal son intrínsecas a la vocación. La Iglesia necesita pastores santos que se entreguen juntos, no funcionarios solitarios; sólo así podrán ser testigos creíbles de la comunión que predican».
Descubramos cómo piensa Cristo, cómo mira al mundo, cómo se conmueve por los pobres, y poco a poco nos revestiremos de sus mismos criterios y actitudes. «Necesitamos mirar a Jesús, a la compasión con la que Él ve nuestra humanidad herida, a la gratuidad con la que ha ofrecido su vida por nosotros en la cruz» (Francisco). Bautizados en Espíritu Santo u fuego. Lo ofrece Dios, y lo necesita el mundo. Nos salva, y nos hace fecundos. ¡Buen Adviento!
+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia