Uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu

Uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu

Queridos lectores, paz y bien.

Hoy damos inicio al Octavario de Oración por la Unidad de los Cristianos, que todas las comunidades que seguimos a Cristo celebramos y culminaremos el próximo domingo día 25, día de la conversión del apóstol San Pablo.

La unidad, más que un simple ideal, es un mandato divino que está en el centro de nuestra identidad cristiana. Representa la esencia de la llamada de la Iglesia a reflejar la unidad armoniosa de nuestra vida en Cristo en la diversidad. Esta unidad divina es fundamental para nuestra misión y está sostenida por el profundo amor de Jesucristo, que nos ha destinado a un mismo fin. Como afirma el apóstol Pablo en su carta a los Efesios: «Uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu, como una es la esperanza a la que habéis sido llamados» (4,4). Este versículo bíblico, elegido para este año, encierra la profundidad teológica de la unidad de los cristianos.

Así, la Iglesia, aunque compuesta de muchas partes, funciona como un todo cohesionado. Cada miembro tiene un papel único y contribuye a la vida y misión generales de la Iglesia. Reconocer que formamos parte de un cuerpo universal en Cristo fomenta la colaboración global en la difusión de su Evangelio y el servicio a la humanidad, desplazando el centro de atención de las divisiones internas hacia la misión común.

Por el contrario, limitar el gran mandamiento del Señor de ir por el mundo y hacer discípulos de todas las naciones (Mt 28,19) a una comunidad definida por fronteras étnicas, geográficas o socioeconómicas privaría a esa comunidad de uno de los fundamentos esenciales establecidos por Jesús para la Iglesia: la unidad de sus seguidores en todo el mundo. El concepto de «un solo cuerpo» de Efesios 4,4 también refleja la naturaleza de la Iglesia. El cristianismo trasciende las fronteras culturales y nacionales, uniendo a los creyentes de todo el mundo en la fe y la esperanza.

El Espíritu Santo es la fuente de la vida espiritual y el guía para los creyentes, asegurando que los diversos miembros de la Iglesia están juntos en una misma fe y un mismo fin. El Espíritu fomenta una profunda conexión espiritual entre los creyentes, que trasciende las diferencias y crea un vínculo que refleja la unidad de la Santísima Trinidad. Este vínculo espiritual compartido es la base de la reconciliación, guía a los creyentes en todo el mundo y los prepara para ofrecer un testimonio y un servicio eficaz.

Esta visión compartida hace superar las divisiones confesionales y culturales, animando a los cristianos a trabajar juntos en todo lo que les es posible. Hacer de la «esperanza compartida» el objetivo de nuestra vocación como cristianos define nuestra pertenencia a la Iglesia en términos de comunión universal en la esperanza de la salvación y la vida eterna. En un mundo en el que coexisten diversas tradiciones y expresiones de fe tantas veces en división, Efesios 4,4 nos recuerda que todos los creyentes forman parte del «único cuerpo» de Cristo.

La madurez espiritual implica abrazar las diferencias y trabajar al mismo tiempo por la unidad con la misma intensidad con la que se pretende la unidad de la fe. Nuestra fuerza reside en nuestra capacidad de dar testimonio de Cristo en la unidad, así como siendo reflejo de su amor y misericordia hacia el mundo. Al vivir esta llamada divina, cumplimos nuestra misión y honramos a Cristo, haciendo avanzar su Reino en la tierra. Abracemos esta llamada divina a la unidad, no como un ideal abstracto, sino como una expresión vital de nuestra fe.

En un mundo en el que el Cuerpo de Cristo está herido por las divisiones internas y entre tradiciones y confesiones, la llamada del Apóstol a la unidad se dirige a cada uno de nosotros, no solo como comunidades eclesiales separadas, sino que es también una llamada personal como miembros de estas comunidades. Viviendo en unidad, no solo damos testimonio del amor y el poder de nuestro Señor Jesucristo, sino que también encarnamos la esencia de sus enseñanzas. Al apoyarnos unos a otros y celebrar nuestros diversos dones y talentos, reflejamos el corazón de Cristo y hacemos avanzar su obra en la tierra.

En este domingo podemos plantearnos en Palencia ser más “ecuménicos”, es decir, más hogareños, más familiares, más caseros. Constituimos hogar, hacemos más habitable el mundo cuando los católicos, evangélicos y ortodoxos sentimos como algo propio, como hermanos a todos cuantos confesamos que Cristo está vivo, y que nos invita a formar parte de su cuerpo, de su vida, de su misión. Oramos por ello. Buen domingo.

+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia