Los abuelos

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia.

Antes de estos tiempos en los que la ONU o quien sea nos dice que hoy es el día de la cebolla, del parkinson, o el día de Nelson Mandela, marcando así el calendario, tiempo atrás, nuestra sociedad, menos secularizada, además de los domingos y fiestas religiosas del Señor y la Virgen María, celebraba los santos y cada uno nos traía de parte de Dios un mensaje. San Antón, patrono de los animales, nos invitaba a tratar bien a los animales, de manera especial a los racionales; San Isidro Labrador, a apreciar a los agricultores que trabajan la tierra con el sudor de su frente, pendientes de la lluvia, los mercados, el pedrisco de granizo; Santiago a entender la vida como peregrinos en camino a la meta, etc. Dentro de esos días está la fiesta de San Joaquín y santa Ana, los padres de la Virgen María, los abuelos, por tanto, del Señor. Tenemos que agradecer al P. Ángel, el fundador de Mensajeros de la Paz, el haber puesto de relieve esta fiesta y a los abuelos. Es verdad que en muchos pueblos ya se celebraba su memoria, más de Santa Ana que de San Joaquín, y para comprobarlo solo tenemos que acercarnos al Museo Diocesano donde veremos tallas espléndidas, alguna de Alejo de Bahía. No sabemos mucho de ellos, sólo que, según la tradición, eran los padres de la Virgen María y si de tal palo tal astilla, también podemos decir que de tal astilla tal palo.

Hoy es fundamental que lo hagamos memoria de los mayores y, especialmente de los abuelos y abuelas.

En la sociedad consumista en que vivimos, se valora sobre todo al que produce o puede consumir más; si no eres productivo no eres relevante, todo lo más para pedir el voto y para que compres. Es el caso de los mayores y de los niños. Muchos los ven como carga, porque enferman, a veces incordian, hay que atenderles en el hospital, llevarles al colegio, reciben una pensión escasa y, a veces, protestan. No son considerados como plenos ciudadanos.

¿Qué aportan? En primer lugar, a las personas no hay que mirarlas y juzgarlas por lo que aportan materialmente a la sociedad, que por cierto es mucho. Cuántos abuelos y abuelas atienden a los nietos llevándolos al colegio, al parque, a la piscina porque los padres trabajan horas y horas y no pueden casi convivir con los hijos. Cuántos parados se han sostenido gracias a las pensiones de los mayores. Creo que no tenemos que valorarlos por lo que aportan económicamente sino por lo que son y por lo que aportan humana y espiritualmente. Leía el otro día en un libro que “los abuelos son maestros de un arte espléndido y raro, el arte de ser. Los abuelos saben convertir un simple encuentro cotidiano en una apetitosa celebración. Saben mirar y mirarnos, sin prisas, viéndonos esperanzadamente. Saben dar valor a las cosas de nada. Nunca consideran que cuando se entretienen con nosotros están perdiendo el tiempo, al contrario. Saben que el amor congenia con esa gratuita participación... Los abuelos son tiernamente silenciosos, aun cuando sean algo charlatanes... Tienen una sabiduría que se expresa en historias calurosas, y no en conceptos. Tienen una memoria que nos parece inagotable, llena de aventuras, de nimiedades y detalles para divertir... Nos enseñan con serenidad, poniéndose a nuestro lado. Tienen el sentido de las pequeñas cosas y regazos donde caben las grandes” (José Tolentino Mendonça, El Hipopótamo de Dios. Narcea, Madrid, 2019).

El papa Francisco ha hablado muchas veces de la relación entre jóvenes y abuelos o mayores invitando al diálogo, porque “los ancianos tienen sueños construidos con recuerdos, con imágenes de tantas cosas vividas, con la marca de la experiencia y de los años. Si los jóvenes se arraigan en esos sueños de los ancianos logran ver su futuro, pueden tener visiones que les abren el horizonte y les muestran nuevos caminos. Pero sin los ancianos no sueñas, los jóvenes ya no pueden mirar claramente el horizonte... ¿Qué pido a los ancianos, entre los cuales me encuentro yo mismo? Nos pido que seamos guardianes de la memoria. Los abuelos y las abuelas necesitamos formar un coro. Me imagino a los ancianos como el coro permanente de un importante santuario espiritual en el que las oraciones de súplica y los cantos de alabanza sostienen a la comunidad entera que trabaja y lucha en el terreno de la vida. Es hermoso que los jóvenes y las muchachas también, los viejos junto con los niños., alaben el nombre del Señor (Salmo 148,12-13). ¿Qué podemos darles a los ancianos? A los jóvenes de hoy que viven su propia mezcla de ambiciones heroicas y de inseguridades, podemos recordarles que la vida sin amor es una vida infecunda. ¿Qué podemos decirles? A los jóvenes temerosos podemos decirles que la ansiedad frente al futuro puede ser vencida. ¿Qué podemos enseñarles? A los jóvenes excesivamente preocupados de sí mismos podemos enseñarles que se experimenta mayor alegría en dar que en recibir, y que el amor, no se demuestra solo con palabras sino también con las obras” (Christus Vivit, 192-196).

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