Comienzo de un nuevo curso

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

En este mes de septiembre, después de las merecidas vacaciones en las que teóricamente hemos recuperado fuerzas y energías, comienza un nuevo curso para todos. No sólo en la escuela y los colegios, también en la vida política y más este año en el que hemos tenido tantas elecciones -generales, europeas, regionales, locales-, para elegir a nuestros representantes que gestionen el bien común, que incluye el bien de todos y de cada uno, el bien del hombre integralmente considerado y de todo, también la casa común, el cuidado de la creación. En la Iglesia católica también estamos comenzando un nuevo curso que es una gracia y un Don de Dios, en tiempo que Él nos da para hacer presente su reino, su evangelio, su amor y vida.

Sin duda todos lo comenzamos con metas determinadas que debemos señalar conscientemente personal o comunitariamente y no olvidarlas, buenos propósitos, y con ganas de lograr o acercarnos a los ideales o metas propuestos; es conveniente, pero hemos de poner los medios. ¿Cuáles? Os propongo y me propongo algunos.

Como creyentes, si lo somos, no olvidarnos de orar, de pedir la ayuda de Dios, su fuerza, su Espíritu. Todos tenemos, creo, experiencias de nuestra debilidad, de nuestro querer y no poder. Sólo en Dios está nuestra fuerza y sólo en contacto en el encuentro con Él podemos renovar nuestras energías.

El trabajo, aunque suponga sudor y lágrimas, y cansancio. Sin esfuerzo difícilmente conseguiremos algo.

No perder de vista el ideal, la meta, para no perdernos por los caminos. Es muy importante mirar de vez en cuando hacia adelante, no sólo atrás ni al presente en el que, a veces, solo vemos dificultades. Estas son, así lo considero, oportunidades, retos para avanzar, superarnos. Pero mirar sólo para atrás, creer que todo tiempo pasado fue mejor, es parecernos a la mujer de Lot que se quedó momificada, como una estatua de sal. Mirar para atrás para aprender de la historia, de los aciertos y fracasos, está bien cuando lo hacemos con ánimo de corregir errores y descubrir claves de éxito.

Confiar en Dios y en los demás. No estamos solos en la tierra, en la sociedad, ni sólo nosotros buscamos buenos ideales y metas. Tenemos que saber que hay otros que están a nuestro lado y que podemos juntar esfuerzos, ayudarnos, alentarnos, animarnos, corregirnos, acompañarnos, estimularnos con el diálogo y la colaboración, el trabajo conjunto. Y no únicamente los entendidos y sabios; también la gente sencilla de nuestros pueblos y barrios que tienen sentido común y “olfato” para distinguir el bien del mal.

Hacerlo sin miedos. El que tiene miedo no logrará nada, está paralizado; ya está derrotado antes de que empiece la batalla. Esto no quiere decir que seamos irreflexivos, que no calculemos, que no nos paremos para analizar las posibilidades. Hay que tener valor, no bajar los brazos, no tirar la toalla, seguir adelante, empeñarse, aunque a veces no se puedan ver ni recoger los frutos.

Otro medio es la paciencia como el labrador; dar tiempo al tiempo. No se conquistó Zamora en una hora, decimos, y es verdad. No podemos sembrar hoy y querer agavillar mañana. No se puede controlar todo y en todo momento.

Tener valor para aceptar los errores y sabiduría para corregirlos. Para esto vienen bien procurar momentos de silencio, de reflexión sincera, sin autoengañarnos y creer que nada puede cambiar, que es tontería esforzarse. Hay que aceptar la vida, es verdad, como viene, con los resultados que lleguen, pero para mejorarla, no para decir, “siempre se ha ahecho así”.

Con alegría. Hay más motivos para la alegría que para la tristeza. Es verdad que hay muchas cosas que hacer y que cambiar porque están mal, pero hay que procurar ver también lo positivo que hay en nosotros y en los otros, en la sociedad. Es verdad que hay sombras, pero si hay sombras es porque hay luz. Un detalle: antes, yo así lo viví de pequeño, cuando se iba a trabajar en el campo en la siega o en la cosecha se cantaba y bailaba como señal de alegría, alegría que salía de dentro y se compartía.

Tomarse tiempos de descanso; es normal que nos cansemos, pero es bueno que descansemos, que recuperemos energías físicas y espirituales. El domingo es el día ideal para ello.

Y hacer las cosas con amor y por amor. Amor a Dios, que confía en nosotros, nos ha dado una cabeza para pensar, un corazón para amar y unas manos y pies para actuar y caminar. Amor a los demás, a la familia, a la propia comunidad, a la sociedad, especialmente a los más necesitados y marginados, que son nuestros hermanos. Amor a uno mismo para alcanzar la plenitud, la madurez, no únicamente el bienestar o el “mejor estar”; y amor a la creación, a esta tierra que es un don recibido pero de la que a veces abusamos irresponsablemente como con los incendios en la Amazonía, las guerras, etc.

¡Feliz curso y ánimo, hermanos!

La Diócesis de Palencia

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