La Paz, camino de Esperanza

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

Desde hace 53 años, en la Iglesia Católica, el 1 de enero, solemnidad de Santa María, Madre de Dios, se celebra la Jornada Mundial de la Paz. Fue el papa, hoy santo, Pablo VI, el que la inició. Es una Jornada donde se nos invita a orar y trabajar por la paz en la tierra. Cada año, el papa nos regala un mensaje, como si fuera un objetivo que todos tenemos que trabajar y conseguir día a día y paso a paso -personas, familias, pueblos, ciudades, regiones, naciones, continentes, civiles, militares, políticos, sindicatos, creyentes y no creyentes, niños, adultos, y mayores, todos- con nuestra mente, nuestras manos y nuestros corazones.

El mensaje de este año que nos ha regalado el papa Francisco, lleva este título completo: LA PAZ COMO CAMINO DE ESPERANZA: DIÁLOGO, RECONCILIACIÓN Y CONVERSIÓN ECOLÓGICA. Es un mensaje precioso y comprometedor que resumo y que comienza así: «La paz, como objeto de nuestra esperanza, es un bien precioso, al que aspira toda la humanidad. Esperar en la paz es una actitud humana que contiene una tensión existencial, y de este modo, cualquier situación difícil “se puede vivir y aceptar si lleva hacia esa meta, si podemos estar seguros de esta meta, y si esta meta es tan grande que nos justifique el esfuerzo del camino” (Benedicto XVI). En este sentido, la esperanza es la virtud que nos pone en camino, nos da alas para avanzar, incluso cuando los obstáculos parecen insuperables» (Mensaje, nº1).

«Nuestra comunidad humana lleva, en la memoria y en la carne, los signos de las guerras y los conflictos que se han producido, con una capacidad destructiva creciente y que no dejan de afectar especialmente a los más pobres y a los más débiles. Naciones enteras se afanan también por liberarse de las cadenas de la explotación y de la corrupción, que alimentan el odio y la violencia. Todavía hoy, a tantos hombres y mujeres, niños y ancianos se les niega la dignidad, la integridad física, la libertad, incluida la libertad religiosa, la solidaridad comunitaria, la esperanza en el futuro. Muchas víctimas inocentes cargan sobre sí el tormento de la humillación y la exclusión, del duelo y la injusticia, por no decir los traumas resultantes del ensañamiento sistemático contra su pueblo y sus seres queridos.

Las terribles pruebas de los conflictos civiles e internacionales, a menudo agravados por la violencia sin piedad, marcan durante mucho tiempo el cuerpo y el alma de la humanidad. En realidad, toda guerra se revela como un fratricidio que destruye el mismo proyecto de fraternidad, inscrito en la vocación de la familia humana» (Mensaje, 1).

Posteriormente el papa señala el comienzo de las guerras, pequeñas o grandes, que es la intolerancia a la diversidad del otro, lo que lleva a fomentar el deseo de posesión y la voluntad de dominio. La fuente está en el corazón del hombre por el egoísmo y la soberbia, por el odio que instiga a destruir, a encerrar al otro en una imagen negativa, a excluirlo y eliminarlo. Todo esto va llevando a la desconfianza y al repliegue en la propia condición. La desconfianza y el miedo alimentan la fragilidad de las relaciones y el riesgo de violencia, en un círculo vicioso que nunca puede conducir a una relación de paz... «Debemos buscar una verdadera fraternidad, que esté basada sobre nuestro origen común en Dios y ejercida en el diálogo y la confianza recíproca. El deseo de paz está profundamente inscrito en el corazón del hombre y no debemos resignarnos a nada menos que esto» (Mensaje, 1).

El papa, cuando escribe todo esto tiene presente lo que vio y palpó en su viaje apostólico a Tailandia y Japón en el mes de noviembre de este año. Allí se encontró en Hiroshima y Nagasaki con los Hibakusha, los supervivientes de los bombardeos atómicos que hoy mantienen viva la llama de la conciencia colectiva. Su testimonio despierta y preserva de esta amanera, en su misma carne e historia, el recuerdo de las víctimas, para que la conciencia humana se fortalezca cada vez más contra el deseo de dominación y destrucción. «No podemos permitir, dijo allí el papa, que las actuales y nuevas generaciones pierdan la memoria de lo acontecido, esa memoria que es garante y estímulo para construir un futuro más justo y más fraterno».

¿Por qué caminos andar para tener paz? Por los caminos de la escucha de la memoria de las víctimas, y de la solidaridad en la fraternidad. Esta, como dice la Escritura santa, nos debe llevar a la reconciliación en la comunión fraterna. Ver al otro como hermano o hermana, que transita por el respeto el perdón y la capacidad de reconocernos hermanos, hijos del Mismo padre, como nos enseña Jesús. Esto debe impregnar todas las relaciones humanas, también la política y la economía. Pero también pasa por el respeto y la conversión ecológica.

El camino de la paz desde la esperanza requiere paciencia y confianza.

«SE ALCANZA CUANTO SE ESPERA». Que la esperemos activamente en el nuevo año, y que Jesucristo, el Señor de la Paz, y la Virgen María, Madre de todos los hombres y pueblos de la tierra, nos acompañen y sostengan paso a paso.

 

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