“El Pueblo de Dios celebra su fe” es el título de la primera sesión del curso “La Liturgia, corazón de la vida cristiana” organizado por el Centro Diocesano de Formación. Un sesión que se celebró ayer jueves, 30 de octubre, a las 19:30 h en el Centro Juvenil Diocesano (Plaza Zurradores) de Palencia.
Los Objetivos del curso son “profundizar en el sentido y la importancia de la Liturgia”, “Conocer la renovación litúrgica del Concilio Vaticano II” y “Fortalecer la espiritualidad y las habilidades de los servidores litúrgicos”.
El curso está dirigido a equipos litúrgicos parroquiales, lectores, coros, ministros, animadores de la Palabra y toda persona que desee vivir mejor la oración y la celebración comunitaria.
Mons. Mikel Garciandía, obispo de Palencia, nos ayudó a descubrir que toda la comunidad es protagonista de la fe y que la liturgia es un encuentro vivo con Dios.
“El Pueblo de Dios celebra su fe”
La celebración es consecuencia del bautismo
Desde el inicio de su intervención, el obispo subrayó que el corazón de toda celebración litúrgica es el don recibido en el bautismo, que nos hace hijos de Dios y miembros de un “pueblo sacerdotal”. En este sentido, recordó que “toda nuestra existencia cristiana es celebración”, porque Dios actúa hoy en su Iglesia, convocando, transformando y enviando.
Mons. Garciandía señaló la importancia de hacer memoria de lo que somos: no simples seguidores de Jesús, sino miembros vivos de su Cuerpo. Esta memoria -expresada en la liturgia- nos introduce en el misterio pascual, haciéndonos morir y resucitar con Cristo para vivir orientados a la misión.
Hechos de los Apóstoles: una inspiración originaria
Tomando como referencia el capítulo segundo de los Hechos de los Apóstoles, el prelado recordó la estructura esencial de la primera comunidad cristiana: enseñanza de los apóstoles, comunión fraterna, fracción del pan y oraciones. “Ese perfil sigue describiendo lo que la Iglesia es hoy”, afirmó. “No somos otro pueblo: somos el mismo que nace con Pentecostés”.
El Concilio Vaticano II: un impulso pastoral
Uno de los ejes de la conferencia fue la referencia a la constitución Sacrosanctum Concilium, documento conciliar sobre la liturgia. Mons. Garciandía destacó que este texto recuperó una visión más profunda: la liturgia es, ante todo, acción de Dios en favor de la humanidad. Así, el Concilio impulsó el protagonismo de la asamblea, la centralidad de la Palabra de Dios, la inculturación para evangelizar mejor, y una participación consciente, activa y fructífera.
“Sesenta años después -señaló- seguimos aprendiendo a recibir sus frutos”. Recordó que un concilio exige siglos para desplegarse plenamente: “Estamos en proceso”.
La Palabra de Dios en el centro
El obispo destacó como logro histórico la ampliación del Leccionario, que permite a los fieles escuchar, en tres años, la mayor parte de la Sagrada Escritura. Generaciones anteriores, recordó, jamás escucharon tantos textos bíblicos. Este avance favorece la formación, la oración y la catequesis.
Cristo, protagonista en cada celebración
Para entender la liturgia, Mons. Garciandía insistió en un acento cristológico: lo que la Iglesia celebra lo realiza Cristo mismo en su Cuerpo. “La liturgia no es solo celebrar actos, sino abrirnos a la presencia viva del Señor resucitado”, subrayó.
Así, cada sacramento actualiza la obra de Cristo, comunica su gracia, y edifica la comunidad.
La misión nace del altar
Al concluir cada Eucaristía, comienza la misión cotidiana del cristiano. El obispo invitó a los presentes a tener en agenda cinco personas por las que rezar y acompañar, pidiendo al Espíritu Santo que toque sus vidas.
Denunció el divorcio entre fe y vida, frecuente en Europa, recordando que la liturgia alimenta y envía para amar, servir y evangelizar. Las celebraciones -dijo- no se agotan en el templo; continúan en la calle, el hogar, el trabajo y la relación con los pobres.
Sacerdotes, profetas y reyes
Mons. Garciandía recordó que todos los bautizados comparten estas tres dimensiones: como sacerdotes, somos puentes entre Dios y la humanidad; como profetas, denunciamos la injusticia y anunciamos la esperanza; y como reyes, vivimos con dignidad, sin miedo, conscientes del amor del Padre.
El ministerio ordenado -obispo, presbíteros y diáconos- garantiza la presencia sacramental de Cristo Cabeza, Esposo y Pastor dentro de la asamblea.
La comunidad: lugar esencial de la fe
“O somos comunidad, o no somos nada”, afirmó el obispo. El cristianismo, explicó, no es una colección de actos individuales, sino un estilo de vida compartido. La parroquia -paráoikia, “casa junto a”- es una delegación del cielo en la tierra: un espacio donde el amor de Dios se hace visible.
En este contexto, elogió el papel discreto, maduro y constante de tantas mujeres en la vida eclesial, subrayando su aporte insustituible.
La Liturgia de las Horas: oración del pueblo
Invitó también a recuperar la Liturgia de las Horas, especialmente laudes y vísperas, como forma de desclericalizar la oración comunitaria, unirnos a la plegaria universal de la Iglesia y santificar el tiempo cotidiano.
Rezar los salmos -dijo- es: recordar la historia de salvación, reconocer que Cristo los cumple y permitir que Cristo mismo los rece en nosotros.
Memoria, paciencia y esperanza
La liturgia combate tres grandes tentaciones: ignorancia, olvido y descuido. Por eso la Iglesia celebra, recuerda, invoca, actualiza. “No hacemos magia, hacemos milagros”, dijo Mons. Garciandía, alentando a quienes viven procesos largos y difíciles.
El cristiano no espera pasivamente el regreso del Señor; lo prepara, viviendo ya la presencia de Cristo en la historia.