El curso ha comenzado. Sale, además el informe PISA y cada colectivo se apunta a caballo ganador cuando en realidad, en educación, lo que se dice educación “necesitamos mejorar”.
La educación es uno de los pilares fundamentales sobre los que se construye una sociedad. No se limita únicamente a adquirir conocimientos académicos o a obtener una determinada formación profesional. Educar significa también aprender a convivir, respetar a los demás, escuchar, dialogar y comprender que nuestras acciones y nuestras palabras tienen consecuencias sobre quienes nos rodean.
Sin embargo, en nuestra sociedad asistimos con demasiada frecuencia a comportamientos que reflejan una preocupante falta de educación. Los insultos, los gritos, las descalificaciones, la intolerancia y la falta de respeto aparecen en situaciones cotidianas. Son comportamientos que deterioran la convivencia.
Las redes sociales constituyen otro ejemplo evidente. Una persona puede publicar una opinión y recibir inmediatamente insultos o comentarios ofensivos simplemente porque alguien piensa de forma diferente. En lugar de debatir con argumentos, algunas personas recurren a la burla, la humillación o la descalificación. El hecho de estar detrás de una pantalla no debería hacernos olvidar que al otro lado hay una persona con sentimientos.
La buena educación se demuestra precisamente en estas situaciones cotidianas: pedir disculpas después de cometer un error o decir «por favor» y «gracias» son gestos sencillos que mejoran la convivencia.
La educación comienza en la familia y continúa en la escuela, pero es responsabilidad de toda la sociedad. Los niños y los jóvenes aprenden mucho de lo que observan en los adultos. Si ven que sus padres insultan a otros conductores, que los adultos gritan para conseguir lo que quieren o que en televisión y en las redes sociales se premia constantemente la agresividad, pueden llegar a considerar esos comportamientos normales.
Por ello, frente a la crispación y la mala educación, debemos recuperar el valor del respeto, la empatía y la convivencia. Una sociedad verdaderamente avanzada no es aquella en la que cada persona hace lo que quiere sin tener en cuenta a los demás, sino aquella en la que la libertad individual se combina con la responsabilidad y el respeto.
En definitiva, la buena educación se construye con pequeños gestos diarios. Saludar, escuchar, respetar, ayudar, pedir perdón y saber convivir son acciones sencillas, pero tienen un enorme valor. Educar para el respeto no solo hace mejores personas: también contribuye a construir una sociedad más amable, tolerante y justa.
Pablo Espina